«Lo que es del común, es del ningún»

Refrán popular español

Este refrán fue uno de los descubrimientos del grupo de lectura sobre el concepto de común, Sacar las puertas del campo. La revolución urbana en la ciudad neoliberal, que llevamos a cabo en 2013 en la librería Ciutat Invisible. De esta iniciativa salieron el equipo humano actual del Observatorio Metropolitano de Barcelona (OMB) y un gran estímulo para empezar a hacer una investigación sobre prácticas de comunes urbanos, de la que ahora ha completado una fase (y de la que el blog linkado más abajo es una primera devolución).

El refrán, además de dar mucha risa, ha marcado el concepto de propiedad tanto en el derecho público como en el derecho privado. Sin ir más lejos, el ecologista norteamericano Garrett Hardin escribió hace años “La tragedia de los comunes“, un influyente texto que transmitía un claro mensaje: una propiedad que no sea gestionada por un actor público o privado es sinónimo de apocalipsis. Dicho en otras palabras, sin una entidad pública o privada la responsabilidad se diluye, los individuos actúan en beneficio propio y, como consecuencia, el recurso finito y compartido en cuestión se agota sin remedio. En cambio, nos dice Hardin, el propietario virtuoso sí que velará por la supervivencia del recurso porque de ello depende su interés individual.

El gran problema para los defensores de esta teoría es que sí que existe otra manera de evitar la tragedia que no contemplan: la gestión comunitaria. El relato de Hardin (una metáfora de un campo de pasto sobreexplotado por un conjunto de individuos, irresponsables, que no no cuentan con un poder por encima de ellos que los dirija y controle), ha sido desmontado por varias vías, desde la teoría y desde la práctica. Si queremos poner un ejemplo influyente, fue la nobel en economía, Elinor Ostrom, quien en su libro “Governing the Commons” analizó empíricamente numerosos casos en todo el mundo, todos ellos contemporáneos, donde la propiedad común de un recurso determinado es gestionada de manera responsable y sostenible.

Por otro lado, Rousseau planteó que la propiedad de lo qué es común tiene que recaer en el Estado. Partiendo de la evidente corrupción y desigualdad que se derivan de la propiedad privada, formuló la siguiente pregunta: ¿Cómo inventar un sistema político en el que todo lo que pertenece a todos, no pertenezca a nadie? La categoría de público, entendida como delegación en el Estado (en todas sus dimensiones de escala) de la gestión de lo que es común, encontraba en la pregunta uno de sus fundamentos filosóficos principales.

A día de hoy vemos que ni la gestión privada ni la pública están consiguiendo la sostenibilidad ni el acceso a la riqueza colectiva. Lo que es del común no es del ningún, ni tampoco es del Estado (ni de la región, ni del Ayuntamiento). Aquello que es del común es de todas y todos, y el principal reto que tenemos hoy es el de luchar para encontrar una manera de cuidar y disfrutar de todo aquello que nos pertenece. Si bien el mundo entero es común, la apropiación privada permanente que hacen unas minorías parasitarias, la gestión irresponsable y devastadora a nivel medioambiental y la exclusión de la mayor parte de la población de los beneficios, hacen que la sustancia del concepto (entender qué quiere decir común) sea un campo de batalla. En este sentido, la distancia que sentimos hoy, a la luz de los hechos, con aquel refrán popular, y con las ideas de Hardin y Rousseau, nos muestran claramente cómo ha cambiado nuestra percepción acerca de cómo gestionar el mundo.

Si bajamos la escala del mundo a nuestra realidad más cercana, la del área metropolitana de Barcelona, vemos que el reto de lo común tiene una potencia práctica que no cesa de producir prototipos. Los “comunes urbanos” son el nombre que damos a un relato que atraviesa muchas experiencias de transformación en todos los campos de la vida (cuidados, salud, educación, vivienda, equipamientos, transporte, cultura, etc.). Nos hemos acercado a 17 comunes urbanos para aprender, para hacer preguntas, para entender cómo piensan crecer, organizarse mejor, concatenarse, relacionarse con el Estado y con el mercado, escaparse de ellos y constituir otra realidad. Un relato que se construye día a día y un proceso abierto al que queremos contribuir con este trabajo inicial.

 

¿Por qué hablar de comunes urbanos? ¿Qué utilidad política tiene este concepto? ¿No es decir el mismo que ya se ha dicho antes pero con otras palabras? ¿Por qué, más allá de la relación de proximidad, nos hemos centrado en la ciudad para pensar en este nuevo relato?


Para tratar de responder estas preguntas ofreceremos algunas ideas que nos han impulsado a llevar a cabo la investigación. Para empezar, pondremos encima de la mesa un punto de partida necesario: la ciudad es una fábrica en la que lo que está permanentemente en juego es su organización misma, su reproducción. En este sentido, los comunes urbanos ponen en campo una disputa por cambiar la relación de fuerzas de la ciudad, por reproducirla de otra manera más justa y sostenible. Dicho en otras palabras, los comunes urbanos son, para nosotras y nosotros, luchas por el derecho a la ciudad.

En segundo lugar, las propuestas de los comunes urbanos sirven para actualizar intuiciones políticas que ya se persiguieron antes, y que siguen vivas hoy. En este sentido, creemos que resulta necesario crear un imaginario que tenga presente la memoria de las luchas por la democracia, el cooperativismo y la distribución de la riqueza de ayer, que se dote de sus cajas de herramientas, tácticas y estrategias que todavía sirven, que haya aprendido de las experiencias del pasado y les dé vigencia si éstas pueden ayudar a ganarle la partida a la crisis.

En tercer lugar, dicen muchos autores que la vida, singular y colectiva, siempre se esfuerza por mejorar y perseverar. Este esfuerzo recibe el nombre de conato y su traducción política la encontramos en las instituciones de resistencia, creación y cooperación que desafían el statu quo de esta ciudad mercantilizada y excluyente. La PAH, Coop57, Guifi.net, Can Batlló, SomEnergia, la Flor de Maig, Babàlia, el CAP de Besós entre otras son algunos de los nombres y siglas de una nueva institucionalidad que trata de satisfacer necesidades y deseos humanos en un contexto de máxima desposesión.

Finalmente, los comunes urbanos toman la forma ya sea de una defensa no nostálgica de lo público (no se trata de recuperar lo que había, sino de usar la defensa de manera estratégica para crear comunidades de transformación), o de alternativas organizativas autónomas de carácter comunitario. La resolución, en primera persona del plural, de los problemas cotidianos de una vida precarizada está dando lugar a una nueva geografía humana: frente a la geografía de la rapiña, se está desarrollando una geografía de lo común decidida a ganar la batalla por la ética y la política del territorio.

Por todos estos motivos, las gentes del Observatorio Metropolitano de Barcelona hemos estado durante más de dos años trabajando en una investigación. Esperamos que el relato que hemos trazado sirva para acelerar las transformaciones en curso.